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Jueves, 09 de Agosto de 2018 | 07:43Hs. | Sociedad

La Iglesia, el actor clave que logró frenar la ley

Inicialmente, reaccionó con moderación y las agrupaciones pro vida impulsaron la campaña en contra. Pero después de la media sanción de Diputados, cambió la estrategia.


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    La Iglesia, el actor clave que logró frenar la ley
La decisión del presidente Mauricio Macri de desbloquear el tratamiento en el Congreso de la legalización del aborto tomó por sorpresa a los obispos el 22 de febrero pasado. Pero inicialmente reaccionaron con moderación por varias razones. Porque consideraban que era una cortina de humo ante los problemas económicos y sociales. Porque no creían que un proyecto en ese sentido iba a prosperar, sobre todo en la Cámara de Senadores. Y, en fin, porque contaban con la experiencia de los debates sobre el divorcio y el matrimonio igualitario, cuando asumieron una dura oposición que les terminó resultando contraproducente ante la sociedad y los legisladores.

Por eso, en la declaración que difundieron al día siguiente del anuncio, expresaron su disposición a abrirse a "un diálogo sincero y profundo que pueda responder a este drama, escuchar las distintas voces y las legítimas preocupaciones que atraviesan quienes no saben cómo actuar, sin descalificaciones, violencia o agresión". En particular, la sospecha de que la habilitación del tratamiento del aborto era una cortina de humo los llevó a no querer comerse el amague y hacerle el juego a la Casa Rosada. Así, en marzo dijeron que les preocupaba tanto el aborto como "la delicada situación social" y el "creciente número de despidos".

En abril, en un nuevo pronunciamiento, hasta hicieron una autocrítica: "Tanto la Iglesia como la sociedad no hemos hecho lo suficiente y tampoco hemos acompañado de la mejor manera a las mujeres que abortaron en medio de sufrimientos y límites, y que padecen en soledad las consecuencias de esta decisión", reconocieron. Inferían que la movida había salido de la mente del asesor presidencial estrella Jaime Durán Barba -apoyada por el poderoso jefe de Gabinete, Marcos Peña- que hasta le habría pronosticado a Macri que no había que preocuparse por el choque con la Iglesia porque sus focus group le decían que la institución estaba muy venida a menos.

De acotada gravitación hasta entonces, las llamadas ONG provida consideraron, en cambio, que la puesta en carrera del proyecto exigía una rápida y contundente reacción. Entonces, por las suyas, decidieron convocar a movilización para el 25 de marzo, declarado Día del Niño por Nacer durante la presidencia de Carlos Menem. La multitudinaria respuesta lograda en Buenos Aires y muchas ciudades del interior los tonificó. Al tiempo que echaron mano de las redes sociales bajo la consigna de "salvar las dos vidas", en un intento de mostrar que no sólo les preocupaba "la vida en gestación", sino también la de la madre en riesgo.

Los obispos sólo acompañaron con misas y fotos que se tomaron con carteles con el lema "Vale toda Vida". En rigor, consideraron que era más valioso que los laicos católicos -no los clérigos- además de los fieles de otra religión y los no creyentes que se oponen a la legalización del aborto, encabezaran la oposición. Querían dejar en claro -y en esto coincidían con las ONG provida- que el rechazo no era centralmente por una cuestión religiosa -"un dogma", como le achacan sus críticos-, sino un asunto moral, de derechos humanos, porque consideran que está en juego la continuidad de una vida humana.

Pero el criterio cambió drásticamente tras la media sanción de Diputados y los repentinos cambios en los votos de algunos legisladores en aquella ajetreada madrugada de junio. Para los obispos -pese al compromiso del presidente de que sería prescindente-, sectores importantes del Gobierno presionaron por la aprobación porque lo consideraban políticamente redituable. O, en todo caso, porque el rechazo al proyecto perjudicaría al oficialismo ante el clamor de los "pañuelos verdes" y el apoyo de muchos periodistas, sobre todo en el gran escenario que es la ciudad de Buenos Aires.

Mientras las ONG provida intensificaban su acción, los obispos optaron por "clericalizar" su campaña. O sea, sacar a relucir el costado religioso de la oposición al aborto y blandirlo ellos mismos con declaraciones, misas y rezos, aunque fuesen conscientes de que ello no aportaría a la causa en la sociedad. De hecho, una encuesta nacional online de IPSOS arrojó que 71 % de la gente rechaza que la Iglesia -entendida como su clero- "incida en el diseño de las políticas públicas". Pero, evidentemente, los obispos no apuntaban a la gente de a pie, sino a los senadores católicos con el meta mensaje "No se puede ser católicos y apoyar una ley del aborto". De paso, anticipaban la profundidad de la grieta que abriría la ley entre el Gobierno y la Iglesia.

La primera señal fuerte fue la misa que 40 obispos concelebraron en el santuario de Luján, ante decenas de miles de fieles. Allí, el presidente del Episcopado, monseñor Oscar Ojea, subió el tono de la crítica al proyecto: "Sería la primera vez que se dictara en la Argentina, y en tiempos de democracia, una ley que legitime la eliminación de un ser humano por otro ser humano", disparó. Pero fueron días después los obispos de Córdoba los más duros -y polémicos- al afirmar: "Creemos que una democracia que no respete toda vida humana se convierte visible o encubiertamente en dictadura de los que ostentan más poder, porque cuando no se respeta la vida del más débil la libertad se convierte en ocasión de dominio y arbitrariedad".

Paralelamente, el Papa Francisco -que había recibido información de que el proyecto no prosperaría ni siquiera en Diputados- formuló una dura crítica en un encuentro de un movimiento mundial en El Vaticano que fue imposible no relacionar con el debate en su país. Fue al comparar el aborto cuando el ser en gestación padece alguna patología "con la práctica de los nazis para cuidar la 'pureza' de la raza; (es) lo mismo, pero con guantes blancos". Mientras tanto, el obispo auxiliar de La Plata, monseñor Alberto Bochatey, gran experto en bioética y que fuera designado por el Episcopado para exponer la posición de la Iglesia ante los legisladores, intensificó sus contactos con los senadores en tanto que los obispos en las provincias procuraron hacer lo propio.

Ya en la recta final, de cara al debate en el Senado, el Episcopado difundió una declaración diciendo que "acompaña y anima" las manifestaciones contra la legalización del aborto. Los evangélicos se sumaron a la oposición con un multitudinario acto el sábado en el Obelisco que acogió también a muchos católicos. Y nuevamente, el domingo hubo varias marchas provida en el interior. El martes, en San Cayetano, el arzobispo porteño, Mario Poli, pidió a los senadores que no votaran la ley e insistió en que el debate del aborto no tape principal: la pobreza. Este miércoles, una misa en la catedral oficiada por el cardenal Poli y monseñor Ojea, en plena sesión del Senado, constituyó la última acción de la ofensiva que fue creciendo en intensidad.

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