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Viernes, 22 de Junio de 2018 | 10:43Hs. | Sociedad

Tesoros del Chaco: humedales, arte y vida junto al río

Teresa Arijón dio un recorrido por algunas localidades de nuestra provincia y la describió a la perfección en esta nota para La Nación.


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    Tesoros del Chaco: humedales, arte y vida junto al río
Reconquista, Avellaneda y Romang. Travesías por el Jaaukanigás, un humedal de 492.000 hectáreas en el noreste santafesino. Resistencia, Colonia Benítez, Villa Ángela y Gancedo.

RESISTENCIA, USINA DE CULTURA

Los resistencianos -nativos y aquerenciados- están enamorados de su ciudad y su provincia y lo demuestran. Verborrágicos y sonrientes, se les ilumina la cara cuando hablan de manifestaciones culturales o evocan el monte chaqueño y sus tesoros. Uno de ellos es Federico Bojanich, propietario de Nanas Suena Bien, un restaurante donde bandas de jazz, soul o folclore acompañan cada noche los platos de Matías Moschino, muchos vegetarianos e inspirados en los colores de aves locales como el ñacurutú y el surucuá. Otro es Marcelo Gustin, anfitrión de El Fogón de los Arrieros, un indefinible espacio de arte y sociabilidad que es "el origen de todo". Fue iniciativa de Aldo Boglietti, un comerciante rosarino que en 1943 abrió su casa para "las tertulias de los martes" y promovió las "esculturas en las calles". Bajo el lema "Usted puede utilizar el fogón en el desorden que desee" recorremos este ámbito ecléctico y antididáctico que -gracias a los buenos oficios de Hilda Torres Varela- congregó a las vanguardias del siglo XX. La sede actual, una casa de grandes ventanales y salones comunicados por pasajes y escaleras, fue diseñada por Horacio Mascheroni siguiendo los preceptos de Le Corbusier. Los murales son de Urruchúa, Marchese y Monsegur; las paredes y puertas fueron pintadas por Grela, Badii y Brascó. Hay de todo, y hay que venir más de una vez para apreciarlo: pinturas de Gambartes, Pettoruti, Soldi, algún grabado de Aída Carballo, esculturas de Juan de Dios Mena, la hélice de un avión piloteado por Saint-Exupéry, un traje de presidiario de la cárcel de Usuhaia, los guantes con que Monzón noqueó a Benvenutti, una foto de Borges de visita, una carta de Sartre donde autoriza la representación de sus obras en "ese ámbito libertario", esculturas de robots del plomero Maure, citas de humor ácido en carteles dispersos por todas partes. En la vereda está enterrado el perro Fernando, un callejero consuetudinario que cumplía su diaria rutina resistenciana: desayunaba con el director del banco en su oficina, viajaba en vapor o en auto a la vecina Corrientes, e incluso hacía fila en la plaza para vacunarse.

En Colonia Benítez, a diez kilómetros de la capital chaqueña, se encuentra el Museo Casa y Jardín Schulz. En la que fuera vivienda del botánico, entomólogo y maestro están expuestos su austero dormitorio con cama de hierro, su escritorio, sus escasas pertenencias y algunas herramientas de trabajo. Lo más impactante está afuera: en el jardín de casi una hectárea, donde Schulz plantó ejemplares de toda América, Europa, África y Asia y una magnífica colección de orquídeas chaqueñas.

Cerca de allí, la Reserva Natural Los Chaguares es, para muchos, un proyecto ejemplar: una propiedad privada destinada a la conservación del monte chaqueño y abierta al público. Guiados por el guardaparques Nehuén Contreras, exploramos el bosque de ribera circundado por el Río Tragadero donde hasta ahora se han avistado más de cien especies de aves -en Chaco hay más de 400, entre autóctonas y migratorias- y prospera el timbó colorado, el laurel y el algarrobo. Entramos por el Sendero Chaguares (900 metros ida y vuelta, cuatro horas de caminata promedio) bordeado por la planta que le da nombre: una bromelia "prima del ananá" que los originarios usaban como medicina, textil, alimento y bebida alcohólica. La humedad viaja en el aire y se traduce en colores y aromas que exaltan los sentidos.

Canta un chinchero mientras bajamos, sigilosos, al río, apartando lianas flexibles y resistentes telarañas, para espiar a los yacarés que duermen al sol en la orilla de enfrente. En el suelo, como una flor imprevista, se abre un hongo estrellita de tierra. Entre guabiyúes ("el arándano del Chaco"), palos lanzas, espinas coronas y lapachos amarillos llegamos a un cauce seco puntuado por huellas de guasuncho, donde abundan las palmeras caranday y los sombras de toro. Cruzamos una larga pasarela sobre un madrejón: viejo cauce que ahora solo recibe agua de lluvia. "El monte nunca es el mismo, cambia de un año a otro. A veces antes," dice Nehuén. Seguimos por el albardón guiados por el llamado ululante de un carayá, que finalmente no se deja ver. ¿Será la hembra solitaria que cada atardecer se acerca al Centro de Interpretación?

De regreso en Resistencia almorzamos en Lo de Liz, una casa antigua ambientada con mobiliario dispar, funcional y colorido, donde absolutamente todo es una delicia: desde la limonada de bienvenida hasta el lomito de surubí con ensalada de quinoa y las mandiocas a la plancha en su punto justo. Liz Mauger abandona por un rato su cocina para revelarnos el secreto de su famosa créme brulée. "Viajé a París para probarla con toda la ilusión del mundo... y no me gustó. Intenté más de veinte maneras de hacerla. El único secreto es: tener paciencia". Salteña de nacimiento, define lo suyo como "cocina de hogar" y hace más de treinta años continúa la tradición familiar en la capital chaqueña: su abuela Gloria tenía restaurante en Infiesto, Asturias.

Siguiendo las huellas (imaginarias) del perro Fernando por la Avenida de los Inmigrantes, llegamos al MusEUM (Museo de las Esculturas Urbanas del Mundo), en cuya amplia explanada se despliega un monumental parque escultórico que desemboca en una galería donde se exhiben obras de Dompé, Polacco, Mena y otros grandes. En los jardines, unos muchachos también esculturales practican tricking y una banda de perros callejeros deambula en libertad. Son Juan, El Orejón, Jack, Topper, Negri, Choco y Jessica Soledad, la matriarca que "pertenece" a Fabriciano Gómez, el consagrado escultor resistenciano que preside la Fundación Urunday -organizadora de la Bienal de Escultura junto al gobierno provincial, el municipio y empresas privadas-. "Yo veo un extraño fenómeno", dice Fabriciano, "y es que en un lugar con tantas necesidades como este tenemos 643 esculturas en las calles... más unas 30 que han colocado espontáneamente los vecinos. El chaqueño se acostumbró a convivir con el arte, y ahora lo necesita y lo disfruta". La Bienal -que ya es un hito- convoca a artistas de todo el mundo que durante diez días trabajan al aire libre y a la vista de las 200.000 personas que la visitan.

Otro imperdible resistenciano es el Chalet Perrando, una maravilla arquitectónica de Bruno del Mónico recuperada hace tres años por la Asociación Italiana y abierta al público. Aquí puede verse el instrumental, el mobiliario, los utensilios de cocina y hasta la ropa prolijamente colgada de quien fuera su propietario, Julio Cecilio Perrando (1879-1957), primer médico cirujano de Resistencia y, entre otras cosas, militante del Partido Socialista y productor agropecuario.

No me olvides -el bar temático de Milo Lockett, Adrián Schaeffer y Carlos Ruberto- es nuestra alternativa para cerrar la noche. Concurrido, colorido, alegre ofrece la mejor barra de tragos de la ciudad y sabrosos platos a la carta.

VILLA ÁNGELA

"En Villa Ángela tenemos los carnavales más concurridos de la región", se ufana Javier Roger, propietario de El refugio, el hotel más moderno y glamoroso de la ciudad. Tanto es así, que sus padres fundaron dos de las nueve comparsas que desfilan. Al costado de la estación de ferrocarril, donde funciona el Centro Cultural Gardel, cada fin de semana distribuyen sus mesas los artesanos locales: damas que tejen prendas para bebés mientras conversan, caballeros que trenzan llamadores de sueños. A unos siete kilómetros, en El Pastoril, los moqoit (descendientes de mocovíes) moldean y venden sus tradicionales alfarerías. Gabriela Insaurralde, funcionaria de turismo, nos acompaña a la barriada donde Rosa, moqoit, muestra con sonrisa tímida sus creaciones. Tatús carreta, cardenales, caballitos de barro pintados con acrílico que moldea "a pura mano nomás. Yo aprendí de mi madre, pero a mis hijas no les interesa amasar barro". Y los ojos sonríen con nostalgia.

Por la ruta que atraviesa General Pinedo -más nueva y más corta-se llega a Gancedo, el pueblo más cercano al Campo del Cielo. En esta región del Chaco Austral -en total abarca más de 20.000 km- impactó, hace cuatro mil años, una lluvia de meteoritos metálicos.

Anochece con furiosa luna llena y en el Centro Astronómico y Cultural nos aguarda uno de sus fundadores, Miguel Ángel Villalba. "Todo lo hacemos a pulmón, con algo de ayuda del gobierno", comenta. Un cielorraso tapizado de gigantografías de planetas, galaxias y nebulosas fotografiadas por el Hubble y una colección de piedras preludian el empinado ascenso a la cúpula, reino de un telescopio Meade de 16 pulgadas y 40 cm de espejo. Contenemos la respiración cuando se abre un gajo del techo, gira la plataforma de madera y el Meade apunta su poderosa lente a nuestro solitario satélite.

Coronamos la noche en Jardín Secreto, del chef Ariel Ruiz, un apasionado por recuperar las texturas y sabores de la cocina chaqueña. El restaurante está por cumplir ocho años y fue soñado como "un jardincito donde florezca la gente". Ariel sostiene que: "En el Chaco tenemos una cocina oculta por descubrir. Los originarios comían y todavía comen guasuncho, charata, vizcacha, tatú, pero la mayoría lo hemos olvidado. Yo conocí el maracuyá en Brasil... ¡y después vi que tenía dos plantas en el patio de mi casa!". Y nos invita a probar una picada donde destacan los finos ahumados en quebracho y la salsa criolla de mango y maracuyá. Después vendrán el pacú arrocero y los ñoquis de acelga con estofado de chivo.

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