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Martes, 05 de Junio de 2018 | 17:15Hs. | Mundo

¿Por qué hemos acabado viviendo en 'El show de Truman'?

Ahora que la película protagonizada por Jim Carrey cumple 20 años repasamos su legado más profético.


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  • ¿Por qué hemos acabado viviendo en 'El show de Truman'?
    ¿Por qué hemos acabado viviendo en 'El show de Truman'?
Truman Burbank es el protagonista involuntario e inconsciente del programa de televisión más popular del planeta. El show de Truman (el programa) retransmite su vida 24 horas al día, 7 días a la semana sin su conocimiento ni, por tanto, su consentimiento: él no sabe que su vida está producida, grabada desde miles de cámaras -colocadas en colgantes, sacapuntas eléctricos o el panel de su coche- y protagonizada por actores que se comportan como cariñosas telepromociones humanas. El show de Truman (la película) retrata el despertar emocional, intelectual y, en última instancia, existencial de Truman al descubrir que su propia vida ha sido una pantomima.

En una escena de la película Truman habla con el espejo de su baño, dibuja un traje de astronauta en él y se concede una fantasía interestelar en el planeta Trumania antes de salir a desayunar. Los realizadores del programa están inquietos. ¿Se ha caído Truman del guindo? ¿Se ha dado cuenta de que le estamos mirando y está hablándole a la audiencia? ¿Por qué demonios iba a posar en un lugar tan íntimo como el baño?

Veinte años después, millones de seres humanos se han hecho una foto en su baño. Al fin y al cabo, es el lugar de la casa donde la luz es más favorecedora y el único donde aparecer semidesnudo puede parecer una casualidad. Cuando se estrenó la película en 1998, generó una reflexión social en torno a quién querría ver la vida cotidiana de una persona y quién querría exponer su vida ante millones de desconocidos. La respuesta, en ambos casos, ha resultado ser "todo el mundo".

En los años 60, el novelista de ciencia-ficción post-apocalíptica J. G. Ballard predijo que nuestra civilización acabaría haciendo fotos de cosas tan mundanas como un plato de comida y en escenarios tan históricamente privados como su baño o su dormitorio. Lo único que necesitaba, según Ballard, era la tecnología para ello. Lo cual nos lleva, como toda distopía que se precie, a los albores del siglo XXI.

En 1999, un año después del estreno de El show de Truman, la web Here And Now comenzó a retransmitir todo lo que ocurría en el salón de una casa donde convivía un grupo de jóvenes voluntarios. La telerrealidad llevaba unos años haciendo farfullar a los filósofos (The Real Life, sobre una pandilla de amigos en MTV; o Cops, que seguía a una patrulla de policía), pero se trataba de productos guionizados, editados y condensados. Here And Now proponía observar la vida: a veces ese sofá albergaba a dos veinteañeros manteniendo una conversación confesional, otras desayunaban mirando a al infinito, la mayoría del tiempo no había nadie. Erik Vidal, el impulsor del proyecto de 22 años y sobrino de Gore Vidal, explicó que "me he dado cuenta de que llegará un momento en el que la gente ya no se hará famosa porque [sus padres lo sean] o porque hayan trabajado para ello. Se harán famosos porque el simple hecho de que tienen una cámara apuntándoles". Here And Now, promocionada en su día como "El show de Truman se hace realidad", implicaba un conflicto que acabaría marcando a toda una generación: ¿Qué pasa si, a diferencia de Truman, la gente puede elegir vivir expuesta al público? ¿Qué pasa si, de hecho, la gente está deseándolo?

Truman Burbank fue el elegido porque a su madre se le adelantó el parto. "El primer bebé adoptado por una corporación" nació justo tiempo para la fecha que la cadena había establecido para el estreno del programa. No hay nada más fortuito que eso. No hay nada menos meritorio que nacer. Y eso fue precisamente lo que convirtió a Truman en una estrella. Hoy la sociedad vive consumando la profecía de Erik Vidal: tener una cámara apuntándote te vuelve relevante. Y dada la tecnología de los smartphones, literalmente cualquiera puede convertirse en una estrella gracias a efectuar actividades tan poco excepcionales como comer, despertarse, lavarse los dientes, tener cara o apoyar los pies en la arena de una playa "aquí, sufriendo". No hace falta hacer nada. Una foto de una cara sin expresión, sin intención, sin chispa y con una pared detrás (un concepto al que antes solo se recurría para las fotos de carnet) puede granjear miles, cientos de miles, millones de "me gusta". ¿Qué es lo que les gusta, exactamente? Si algo ha hecho internet es devaluar tanto el término "gustar" como la interjección "jajaja": la mayoría de veces que algo nos gusta o nos hace jajaja en internet, no nos gusta ni nos hace gracia de verdad. Como si internet y la vida real fueran dimensiones distintas.

"Han llegado a aburrirnos esos actores que expresan emociones falsas. Si bien el mundo de Truman es, en ciertos aspectos, una falsificación, el propio Truman no tiene nada de falso. Sin guión, sin apuntador. No es siempre Shakespeare, pero es genuino. Es una vida". El productor del programa, Christoph (Ed Harris), defendía así su obra, en la que él se comportaba como Dios: decidía cuándo salía el sol, cuándo llovía y cuándo resucitar (esto es, volver a contratar al actor que interpretaba) al padre de Truman de modo que, hacia el final de la película, no le parece descabellado decidir la muerte de Truman. O como explica J. McGregor Wise (analista de la ciencia del comportamiento social), El show de Truman es una película que se toma a Jean Baudrillard en serio.

El filósofo francés partía de la base de que, en una sociedad que desde la revolución industrial depende cada vez más de artilugios mecánicos (y, posteriormente, tecnológicos) y cada vez menos de las plantas, los animales y el clima, la vida resulta artificial: interactuar con otro ser humano ya no depende, como ha ocurrido durante miles de años, de cruzarse con él por la calle. La teoría de Baudrillard es que lugares como Disneylandia exageran su carácter fantasioso para que, al salir del parque temático y regresar a su vida cotidiana, la gente sienta que el mundo real es más real. Si Baudrillard viviese hoy, quizá habría edificado su teoría sobre el ecosistema de Instagram en vez de sobre Disneylandia.

Porque como aclaraba Christoph, todo alrededor de Truman está fabricado, pero sus sentimientos son reales. La cara y el cuerpo que compartimos en las redes sociales con cualquiera que quiera mirarlos son expuestos como un producto, pero en realidad son nuestra cara y nuestro cuerpo, lo han sido desde que nacimos y lo serán hasta que se descompongan. Las validaciones, los me gusta, los mensajes privados que atraiga la foto y los comentarios entusiastas sobre nuestro físico ocurren en una dimensión artificial (cada vez más la sociedad percibe "internet" como un espacio distinto al "mundo real"), pero tienen consecuencias genuinas en la persona que aparece en la foto. Y los insultos también.

Si las redes sociales promueven la creciente ludificación de la sociedad (los individuos van por la vida aspirando a ganar puntos, como en un videojuego: puntos por ser felices, por ser solidarios, por ser intelectualmente superiores, por ser guapos, por trabajar más duro que los demás), también alimentan la ludopatía de la autoestima: seguir jugando porque, tarde o temprano, te tiene que tocar ganar a ti. Seguir jugando porque, con todo el tiempo que has invertido, parar ahora significaría un fracaso.

Esta ludopatía hace que si no capturamos un momento con una cámara nos quede la sensación de que ese momento no ha ocurrido (representado, por ejemplo, por la manía de asistir a un concierto y verlo a través de la pantalla del móvil mientras lo graba). Como si la vida fuese un simulacro que solo trasciende cuando se transforma en contenido. Como el árbol que se cae en el Amazonas y que solo hace ruido si lo escucha alguien, nuestra vida solo sucede si la ven miles de desconocidos. Por eso los realizadores del programa se ponían tan nerviosos cuando Truman hablaba con el espejo de su baño: ¿Por qué iba a jugar a ser astronauta? ¿Para disfrutar él solo? ¿Por sí mismo? ¿Sin que nadie lo vea?

David Thompson coronó El show de Truman como "la película de la década", pero en realidad era la película de la década siguiente. Larry King predijo que El show de Truman revolucionaría la forma de hacer arte, pero se equivocó en cuanto a qué arte iba a revolucionar. Porque El show de Truman, quizá la película comercial más existencial jamás rodada, se adelantó no solo a la explosión cultural de la telerrealidad (compuesta, de momento, por dos fases: Gran hermano, donde los anónimos se volvían famosos por entrar en una casa con cámaras; y Keeping Up With The Kardashians, donde los famosos se volvían humanos por dejar cámaras entrar en su casa ), sino a la forma en la que el público consumiría esa telerrealidad. Desde Trutalk, el debate diario en el que varios tertulianos comentan las desventuras de Truman, hasta el público que vive enganchado. Todos los espectadores del programa quieren a Truman, sin saber que al observarle a diario le están esclavizando. Y al final jalean su liberación, sin saber que el triunfo de Truman significa que ellos perderán su producto de consumo preferido.

El show de Truman es una película para las masas impecable. Popular, pero en ningún caso populista. Es entretenida (Truman descubriendo pistas como el foco que se cae del cielo o el ascensor detrás del cual hay extras desayunando), es cómica (esa agencia de viajes decorada con pósters disuasorios como un avión atravesado por un rayo), es dramática ("¿por qué quieres tener un hijo conmigo?", le pregunta Truman a su mujer, "si no me soportas") y es un thriller de acción (Truman intentando huir, provocando una persecución y siendo reducido por los supuestos operarios de una central tras un accidente nuclear). Es una película para todos los públicos que, además, ha dado nombre a un trastorno.

El síndrome del show de Truman es una variante esquizofrénica en la que el individuo vive convencido de que su vida es un reality show. Un enfermo visitó Nueva York para comprobar que el atentado de las Torres Gemelas era real y no la guionización de los productores de su programa. Otro subió al Empire State, convencido de que allí le esperaba su novia del instituto para reconciliarse. Este síndrome es, en realidad, un trastorno narcisista que ha existido durante toda la humanidad: antiguamente, los enfermos se creían Jesucristo o Napoleón. Ahora se creen estrellas de televisión. Algunos sufren, la mayoría están encantados.

Porque El show de Truman es, además de una dramedia de Hollywood ejemplar, un cuerpo de texto filosófico. Es el hombre enfrentándose a Dios ("si Truman quisiera darse cuenta, ya se habría dado cuenta" aclara Christoph), es el individuo poniéndose de pie ante su opresor ("nunca has podido poner una cámara en mi cerebro", se jacta Truman), es una reflexión existencialista sobre la repercusión de nuestros actos, es una parodia del egocentrismo (quizá la imagen más poética de la película sea la del chorro de lluvia cayéndole solo a Truman porque, como cantaban Travis en Why Does It Always Rain On Me?, uno siempre tiene la sensación de que se moja más que los demás) y es una sátira sobre cómo el ser humano depende tanto de los medios de comunicación que ha acabado viviendo su vida somo si se tratase de un publirreportaje. No vaya a ser que alguien esté mirando.

Durante siglos, la sociedad midió sus actos, su moral y sus valores en torno a la religión. Hoy, como Truman tras tener una charla con su propio creador y decidir que declina amablemente ("buenos días, buenas tardes y, por si no volvemos a vernos, buenas noches") su oferta, medimos nuestros actos, nuestra moral y nuestros valores en torno a lo que los medios de comunicación, las redes sociales y los algoritmos nos indican. Porque si uno actúa según la palabra de Dios lo hará creyendo que Dios le está mirando, pero si uno actúa según la palabra de las redes sociales lo hará sabiendo que alguien le está mirando. Y hay pocas más satisfactorias en la existencia humana que la certeza.

Fuente: Vanity Fair. 

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