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Domingo, 29 de Abril de 2018 | 17:45Hs. | Sociedad

¿Por qué queremos a nuestras mascotas y nos comemos a otros animales?

En el día del animal bien vale hacerse algunas preguntas.


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    ¿Por qué queremos a nuestras mascotas y nos comemos a otros animales?

La humanidad sin las otras especies no podría existir. Tan contundente como real, esta afirmación pareciera cobrar carácter en días donde se celebra la existencia de los animales y las redes sociales se llenan de fotos que alaban sus valores y el afecto que nos generan. Pero, ¿acaso todos los animales generan en la sociedad tal nivel de simpatía? Sin lugar a dudas son los animales domésticos, nuestras mascotas quienes reciben la mayor recaudación de cariño digital y los grandes protagonistas de este tipo de jornadas.

¿Por qué habremos desarrollado tanta conexión emocional con las mascotas? La primera respuesta que podríamos encontrar se relaciona a la fidelidad y compañía que demuestran. Asimismo, suelen generarnos ternura y cariño pese a que su comportamiento no siempre sea meritorio de ello. Sin embargo podemos cuestionarnos si el rol social que le hemos dado se debe a una condición natural o más bien cultural. Al observar el comportamiento de muchos humanos con las mascotas, la dependencia emocional y el lugar ocupado por ellas dentro de su círculo afectivo podríamos sospechar que hemos operado un antropomorfismo. ¿Qué significa esto? Que observamos en nuestros animales comportamientos y emociones humanas que no poseen pero esperamos qué sí las experimenten y demuestren. La ropa especial, el lenguaje utilizado, la enorme masa de dinero que circula para productos de salud, alimentación y cosmética animal son muestras de esta humanización. Es posible sostener entonces que si pensamos al perro o al gato como parte de nuestra familia, si experimentamos un amor indecible por ellos, si estamos dispuestos a gastar dinero y disponer de nuestro tiempo para su cuidado es porque no sólo respetamos su existencia, sino más que nada porque le hemos adherido características humanas a ella. De otra forma, ¿cómo se explica que mientras a algunos animales los veneramos como consanguíneos a otros los cocinamos en una parrilla? ¿Acaso el perro se alegra más de vernos que la vaca? A tal respecto observamos cómo la misma sociedad que protege y defiende la vida de perros y gatos no duda en matar vacas, pollos y cerdos para su consumo. ¿No podría verse esto como una contradicción? Esta "discriminación" cobró en el plano intelectual el nombre de "especismo" acuñado por Richard Ryder para definir esta actitud de diferencia que hacemos entre ciertos animales, señalándola como cultural. Como crítica a esta situación es que nacen desde la filosofía las éticas "anti-especistas" teniendo como referente al filósofo australiano Peter Singer quien con su texto "Liberación animal" proponía la igual consideración de los intereses de todos los individuos que pueden sufrir o disfrutar. Así pues, ningún ser humano puede arrogarse el derecho de dañar la integridad de ninguna especie como tampoco debería diferenciar entre especies con derechos y especies sin derechos.

Por supuesto que estas ideas dan pie a la controversia respecto a cómo debe hacer el humano entonces para subsistir si es que no debe aprovecharse de los animales, pero también abre la cuestión respecto a los modos de producción que no respetan ni especies, ni ecosistemas y ni a los propios seres humanos. No obstante, la pregunta respecto a por qué jerarquizamos especies es difícil de responder por fuera del hábito social en el que hemos sido educados por años. Así como en la India se escandalizarían por nuestro consumo vacuno, nosotros lo hacemos al enterarnos que en algunos países de Asia el consumo de carne canina está totalmente aceptado. Entonces, si nuestra cultura no hubiese incorporado a los perros como parte de la vida doméstica ¿seríamos consumidores de productos hechos con su carne? Tal vez ni siquiera somos capaces de imaginarnos haciendo eso porque las emociones que hemos depositado sobre nuestras mascotas son tan grandes que nos presentan una cosmovisión única. Por ello es pertinente cuestionarse acerca de por qué somos tan selectivos. ¿Por qué nos puede importar más un perro o un gato que un ser humano? ¿Será por la inocencia de los animales? ¿Será porque no pueden discutirnos ni contrariarnos? ¿Será que es más simple aceptar la existencia de un perro que comprometerse emocionalmente con la complejidad humana?

Fuente: Minuto Uno 

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