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X-Men: 20 años de la película que revivió el cine de superhéroes

La primera entrega de “X-Men” celebra dos décadas desde su estreno, pero su legado va más allá: hablamos de la película que abrió el juego superheroico del nuevo milenio.  

Hoy en día, los justicieros en spandex -o las historias comiqueras, en general- son las propiedades intelectuales más atesoradas (y explotadas) por los estudios hollywoodenses. También las más taquilleras. A lo largo de la última década, más específicamente, los superhéroes se convirtieron en las verdaderas vedettes del modelo cinematográfico, incluso “estrellas” más renombradas que los intérpretes de carne y hueso que se esconden detrás de las capas y las capuchas. Sí, es verdad que los diferentes actores y actrices lograron conectar con el público a fuerza de carisma y de cargarse su personaje al hombro, pero como diría el mismísimo Bruce Wayne… “Cualquiera puede ser un héroe” (¿?).          

Las aventuras superheroicas siempre estuvieron presentes en la pantalla grande desde la época de los seriales de Superman, ya sean sus aventuras animadas de 1941, o las de ‘acción viva’ protagonizadas por Kirk Alyn en 1948 y 1950. Pasó demasiada agua bajo el puente desde “Superman and the Mole-Men” (1951) -primera película del Hombre de Acero, esta vez, encarnado por George Reeves-, pero su atractivo nunca se desvaneció, aunque en un principio estos relatos fantásticos estaban destinados a un público infanto-juvenil.  

“Superman” (1978), de Richard Donner, fue el primer intento de Hollywood por tomarse más en serio a estos paladines de la justicia salidos de las páginas del cómic. Alentados por los éxitos veraniegos de “Tiburón” (Jaws, 1975) y “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars, 1977), los ejecutivos de Warner Bros. le apostaron al kryptoniano huerfanito de la mano de una historia de origen de alto perfil (o sea, con un gran presupuesto) y un elenco envidiable, que se convertiría en punta de lanza para un “género” poco común por aquel entonces. Queda claro que esto no es un generó en sí, sino una “categoría”: una etiqueta asignada para el fácil reconocimiento, aunque poco y nada tiene que ver con la narrativa o el lenguaje cinematográfico. Pero esta es una discusión para otra ocasión, mejor seguimos con lo nuestro.    

El suceso de “Superman” abrió una pequeña puerta para otras historias similares que no siempre tuvieron la respuesta esperada, tal vez, porque la cultura de consumo no estaba bien encaminada (lo de “lugar y momento justo” también juega un papel importante). Hoy, entendemos que el espectador target es bastante más joven y fanático, pero este fue un proceso que los productores fueron descubriendo a través de las décadas y los modelos de negocio.

Para la década del ochenta, las aventuras comiqueras eran consideradas “cosa de nerds” y nicho, aunque desde las publicaciones se evidenciaban relatos más adultos y oscuros que no tenían nada que envidiarles a sus colegas literarios o cinematográficos. En este escenario, Tim Burton salió a la cancha con el superhéroe más gótico -su última incursión fílmica había sido en “Batman: The Movie” (1966)- y logró transformar al Caballero Oscuro en un verdadero fenómeno taquillero con “Batman” (1989). Su visión, aunque alejadísima del personaje de las viñetas pero influenciada por la obra de Frank Miller, caló muy fuerte en la cultura popular gracias a su estilo visual, su carismático protagonista (Michael Keaton) y el Joker de Jack Nicholson: una imagen que perdura desde entonces, imposible de pasar por alto cuando se cita la creación de Bob Kane y Bill Finger.

 
La “Batimanía” estaba en su más alto apogeo, pero no había otros superhéroes a la vista colgándose de la capa y el éxito de Bruno. Las cuestiones de derechos siempre fueron un problema a la hora de encarar estos proyectos, pero en los años venideros hubo diferentes apuestas para sacudir el avispero comiquero como “The Punisher” (1989) de Mark Goldblatt, la extrañísima “Capitán América” (Captain America, 1990) y, un poco más adelante, “Blade, Cazador de Vampiros” (Blade, 1998) o la inmirable “Steel” (1997), protagonizada por Shaquille O'Neal (no pregunten).

Muchas de estas propuestas rozaban la realización independiente (varias, incluso, la clase “B”) y no pretendían colarse entre los exitazos de otras franquicias millonarias. Hollywood, al parecer, todavía no veía el “negocio”, aunque el nuevo milenio se convertiría en terreno fecundo para estos ídolos superpoderosos. De repente, todos los estudios tenían una historia comiquera para contar o, al menos, para desarrollar en un futuro cercano; pero fue el tándem 20th Century Fox/Marvel Entertainment el que dio el puntapié inicial y, básicamente, a los primeros (pero no los únicos) que tenemos que agradecer por la abundancia superheroica que gozamos en la actualidad.  

Bryan Singer venía, justamente, de la rama más indie de la industria y había logrado llamar la atención de la crítica con “Los Sospechosos de Siempre” (The Usual Suspects, 1995) y “El Aprendiz” (Apt Pupil, 1998). En 1996 se comprometió para dirigir “X-Men” (2000), colaborando codo a codo en el guion de David Hayter: un relato bastante oscuro donde humanos y mutantes deben aprender sobre convivencia y tolerancia, un mensaje que seguimos necesitando (todavía) dos décadas más tarde.  

La historia (para aquellos desprevenidos) se centra en el profesor Charles Xavier (Patrick Stewart), director de una escuela para chicos con “habilidades especiales”, quien también le abre sus puertas a Rogue (Anna Paquin) y Logan (Hugh Jackman), dos marginados que deben asimilar y controlar sus poderes, además de practicar sus destrezas sociales. Pero, en este ámbito político donde la aparición de los mutantes no es tan bien recibida, no todos están dispuestos a ceder terreno ante criaturas inferiores como los humanos. Magneto (Ian McKellen) anda con ganas de iniciar una guerra y necesita a la joven Rogue para llevar a cabo sus malévolos planes.

 
Despegándose un poco de la imagen de los exitosos dibujos animados de la década del noventa, Singer hace lo mejor que puede con lo que tiene (o sea, un presupuesto bastante acotado para este tipo de producciones) y nos entrega la primera aventura de este universo comiquero que no para de expandirse en el tiempo y el espacio. La idea de llevar a los personajes creados por Stan Lee y Jack Kirby a la pantalla grande venía dando vueltas desde 1984 de la mano de Orion Pictures, James Cameron y Kathryn Bigelow, pero las cosas empezaron a formalizarse cuando Fox adquirió los derechos una década más tarde. Curiosamente, ese eterno tire y afloje por el control de una de las propiedades intelectuales más fructíferas y celebradas de Marvel llegó a su fin el 20 de marzo de 2019, cuando The Walt Disney Company adquirió el estudio por más de 71 mil millones de dólares. Otro tópico para discutir a futuro.

“X-Men” se estrenó finalmente el 14 de julio de 2000 y terminó recaudando casi 300 millones de dólares a nivel mundial. Una cifra respetable teniendo en cuenta la inversión inicial (75 millones), pero bastante tímida para los estándares billonarios que se manejan hoy en día o, incluso, comparada con los tanques de Batman ’89 (411 millones) o el Superman original ($300 millones). Igual, su legado va mucho más allá de la taquilla: fue la prueba de fuego definitiva para una categoría de películas que terminaría inundando las pantallas veinte años después, extendiéndose a lo largo de secuelas, precuelas, reboots, spin off y universos compartidos, términos que se apropiaron del lenguaje (fílmico) actual, al menos, cuando se trata de blockbusters.

Sin ir más lejos, cinco de las diez películas más taquilleras en el ranking histórico de los Estados Unidos son aventuras protagonizadas por superhéroes (ya sean animados o de carne y hueso), todas estrenadas en los últimos ocho años. Una distinción que no se puede dejar pasar, más cuando descubrimos que estas producciones son de las pocas que tienen la capacidad de convertirse en verdaderos “eventos cinematográficos”.

El legado de "X-Men va mucho más allá de la taquilla: fue la prueba de fuego definitiva para una categoría de películas que terminaría inundando las pantallas veinte años después. 
A la primera entrega mutante le siguieron dos continuaciones, varios desprendimientos centrados en la figura de Wolverine -un Hugh Jackman que arrancó como debutante y terminó transformado en estrella-, precuelas que nos dejaron conocer el complejo pasado de los protagonistas y películas más jugadas y violentas como “Deadpool” (2016) y su secuela, o la “Logan” (2017) de James Mangold, un western moderno que logra triunfar si atarse al universo de la saga. Como toda franquicia, “X-Men” también sufrió sus golpes bajos: gajes del oficio y, muchas veces, de un mercado saturado. Y ni hablar de varias entregas de dudosa calidad.

Pero esto es el presente. A la distancia, tenemos que celebrar el trabajo de Singer (aunque no quisiéramos admitirlo porque ya no nos cae tan bien) y el coraje de Fox por esa patada inicial que empezó a revivir el cine de superhéroes. Pronto, se sumarían el Spider-Man de Sam Raimi, el Batman de Christopher Nolan y varias aventuras dispersas de Marvel, hasta que Kevin Feige consiguió acomodar las cosas bajo el exitoso paraguas del MCU. Como se dice por ahí, el resto es historia, una que tiene demasiados capítulos por delante, y mucho que agradecer a esos orgullosos mutantes.

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