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Jueves, 20 de Abril de 2017 | 11:10Hs. | Espectáculos

13 Reasons Why: La serie que encendió las alarmas sobre el suicidio adolescente

La nueva serie de Netflix que trata sobre el bullying y sus dramáticas consecuencias ya es un boom entre los más chicos. Tanto a nivel mundial como en la Argentina, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. En el país, desde los 90, la tasa de suicidio adolescente creció más de 100%


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    13 Reasons Why: La serie que encendió las alarmas sobre el suicidio adolescente


¿Quién mató a Hannah Baker? La pregunta no contiene el menor misterio, es apenas un guiño lejano a aquella Laura Palmer de David Lynch, que difícilmente reconozcan los espectadores de Thirteen Reasons Why, la serie adolescente que estrenó Netflix el 31 de marzo. Y es que desde la primera escena la audiencia sabe que Hannah (Katherine Langford) se suicidó, aunque sabe también -y quizás eso justifique la pregunta- que ella quiso que al menos trece personas se sintieran responsables por su muerte.

El argumento del polémico estreno de Netflix -su título en español es Por trece razones y la editorial V&R publicaron la novela- es bastante sencillo: una adolescente de 17 años que se siente hostigada por sus compañeros de secundaria toma la dramática decisión de quitarse la vida, pero antes de hacerlo graba siete casetes (sí, las cintas de audio que desaparecieron prácticamente a mediados de los 90) en los cuales les explica a trece personas (un lado de cada casete dedicado a cada una) por qué todos ellos son en parte culpables de su muerte. Cada capítulo está dedicado a uno de estos personajes, y a partir de este recurso la trama despliega toda la serie de situaciones imaginables que pueden torturar a un adolescente: aislamiento, acoso, hostigamiento a través de las redes sociales, violencia sexual, consumo de alcohol y drogas, incomprensión o ausencia de adultos (en la escuela o en la propia familia).

La serie es bastante previsible, la estética respeta a rajatabla los lugares comunes del género teen y tiene sobre todo un incómodo tono ligero que frivoliza el argumento al punto de hacer inevitable que hasta la mitad al menos, uno espere que la chica no esté muerta. Pero la chica está muerta. Se cortó las venas y se desangró en la bañera (esto no es spoiler, se sabe desde el comienzo y luego se muestra de manera explícita). Y es una chica común y corriente, linda, inteligente, con unos padres amorosos y presentes, que no padece ningún trastorno mental y a la que -casi hasta el final de la serie al menos- no parece haberle ocurrido nada muy distinto de lo que le pasa a la mayoría de los chicos de su edad a los que les pasan cosas malas. Y esto es lo verdaderamente revulsivo. Peor aún, los trece  "acusados" por ella tampoco parecen (aunque alguno tal vez lo sea) ningunos monstruos, de hecho la mayoría de ellos también son víctimas, también les pasan cosas horribles y por supuesto, ninguno podría haber imaginado el trágico final de Hannah. Aunque es difícil no sentir cierta satisfacción vindicativa cuando cada uno recibe su cinta y es confrontado con su parte de la historia. Y esto sí es peligroso. O podría serlo. O al menos así lo consideran las organizaciones de prevención sobre suicidio adolescente estadounidenses que están advirtiendo sobre el riesgo de que la serie se convierta en una apología del suicidio, que genere respuestas imitativas o reacciones en cadena entre sus jóvenes espectadores. Porque hay que decirlo: es difícil no identificarse, aunque sea un poco, con Hannah.

Lo cierto es que la serie lleva menos de un mes y es un éxito de audiencia y de conversación en las redes sociales, y la historia que acompaña su realización aumenta el interés de los fans. Se trata de una adaptación de un libro escrito en 2007 por Jay Asher, que es bestseller en los Estados Unidos, y fue producida nada menos que por Selena Gómez, la ex estrella de Disney que es una de las figuras más populares en las redes sociales, pese a que ella misma se dedica a predicar en contra de su uso. Selena declaró que desde que el libro llegó a sus manos estuvo convencida de llevar la historia a la pantalla, y es más, quería protagonizarla (aunque luego quedó grande para el papel). Lo que terminó de decidirla, dijo hace unas semanas, fue su experiencia de internación psiquiátrica por depresión y crisis de pánico hace apenas un año (luego de que le diagnosticaran lupus), durante la cual tuvo contacto con muchos adolescentes con sufrimientos parecidos a los suyos, y a los que cuenta el libro. Netflix no se tomó a la ligera la producción: los primeros capítulos fueron dirigidos por Tom McCarthy, el realizador de En primera plana (Oscar a la Mejor película 2016) y por Brian Yorkey, ganador de un Pulitzer y de un Premio Tony por su adaptación teatral de Casi normales.

Pero ¿qué es lo que debería preocuparnos finalmente de una historia más de estudiantina, con protagonistas lindos como Dylan Minette (el bueno de la historia, el enamorado de Hannah que, sin embargo, también tiene una cinta con su nombre), situaciones bastante tiradas de los pelos y ambientadas en las típicas preparatorias estadounidenses con lockers, porristas y basquetbolistas prodigio, que tan poco tienen que ver con nuestra castigada escuela argentina? Al menos dos cosas. Una, que efectivamente, hay evidencia de sobra de que el suicidio mostrado en los medios de comunicación provoca reacciones imitativas. Mucho más cuando aparece naturalizado o justificado en una historia de ficción. Mucho más cuando esa historia va dirigida a una población vulnerable como son los adolescentes. Y dos, que el suicidio adolescente es hoy un problema de salud pública grave y creciente a nivel mundial, sobre el cual viene alertando desde hace varios años ya la Organización Mundial de la Salud (OMS) y muchos otros organismos internacionales, algunos de los cuales hasta se animan a hablar de "epidemia".  

Según la OMS, las tasas de suicidio aumentaron un 60 por ciento en los últimos 50 años y ese incremento fue más marcado entre los jóvenes, que son actualmente el grupo de mayor riesgo. Tanto a nivel mundial como en la Argentina, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. Desde los 90 hasta hoy la mortalidad por suicidios en adolescentes en Argentina creció más del 100 por ciento. Ese aumento es constante en todas las provincias del país, aunque las más afectadas son Neuquén, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego, Salta y Jujuy.

Según la Encuesta Mundial de Salud Escolar, realizada en nuestro país en 2012 sobre una muestra de 28.368 estudiantes de primero a tercer año de escuelas secundarias, el 17 por ciento de los chicos encuestados había considerado seriamente la posibilidad de suicidarse en el último año. Y el 16 por ciento lo había intentado, una o más veces.

La Argentina tiene una Ley Nacional de Prevención del Suicidio: la ley 27.130 sancionada en marzo de 2015 y que, más de dos años después, aún no fue reglamentada. Esa ley declara de interés nacional la atención, investigación, capacitación y asistencia a personas y familias en riesgo de suicidio. Porque el suicidio es evitable. Porque no es una cuestión privada, de conciencia individual o una enfermedad mental irreversible, sino un problema social. Porque la mayoría de las personas que se suicidan dan señales previas que son pedidos de ayuda, y suelen ser ambivalentes: quieren poner fin a su sufrimiento, pero también quieren seguir viviendo.

La OMS elaboró una importante serie de directrices para distintos sectores que tienen un papel esencial en la prevención del suicidio. A nivel local, el Programa Nacional de Salud Integral en la Adolescencia (PNSIA), creado en 2007, ofrece recomendaciones básicas para el tratamiento del tema en los medios, a saber:

Interpretar correctamente la información estadística;
Recurrir a fuentes de información auténticas y confiables;
No realizar comentarios espontáneos que refuercen prejuicios y estigmas sobre el tema;
Evitar generalizar a partir de casos aislados o cifras no representativas;
No informar el comportamiento suicida como respuesta posible y entendible a los problemas o cambios sociales;
No realizar descripciones detalladas del método de suicidio utilizado ni ilustrar con imágenes;
No establecer como causa de suicidio un único factor;
Evitar la cobertura sensacionalista de suicidios de personas famosas del ambiente artístico, político o deportivo;
Tener siempre en cuenta el impacto del tratamiento periodístico sobre las familias y sobrevivientes.   

Es cierto que parece difícil trasladar estas recomendaciones a una ficción televisiva, que además se presenta (tramposa o genuinamente) como una manera de crear conciencia sobre el tema. Y seguramente levantarla no sea la estrategia más eficaz. Mucho menos cuando se volvió viral y todos los adolescentes están hablando de ella. Sí, en cambio, podría ser una oportunidad para que los medios, la escuela, los profesionales de la salud y las instituciones en general se animen a hablar seriamente del tema, a desmontar prejuicios y a preguntarse, en definitiva, qué pasa hoy con los jóvenes. Por qué se deprimen, por qué se drogan, por qué se cortan, por qué se matan. Porque como dice el protagonista: todos podemos hacer algo, siempre se puede hacer más, se debe hacer mejor.

Fuente: Infobae 

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