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Jueves, 01 de Diciembre de 2016 | 09:50Hs. | Cultura

¡Qué pública es la vida privada!

Intimidad. La autonarración permanente se proyecta en el futuro: todo se vuelve célebre.


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  • ¡Qué pública es la vida privada!
    ¡Qué pública es la vida privada!

Los debates que suscitan las redes sociales siempre se renuevan. Y generan interrogantes . ¿Acaso la generación nacida a mediados de la década pasada, momento de afianzamiento de las redes, no ofrece una vuelta de tuerca a las formas de exhibición ¿Cómo pensar a ese grupo etario que nació como objeto de exposición y que ahora es sujeto con derecho a exhibirse De pronto un día esos bebés que eran mostrados por sus orgullosos padres en todas sus gracias, se crearon un usuario, una contraseña, y a pesar de todas las advertencias de sus progenitores, construyeron sus propios usos y costumbres en esas mismas redes que los habían visto nacer y crecer. Pero antes de eso, cientos de voyeurs fueron testigos de cada etapa de su desarrollo, desde el día que dejaron los pañales hasta que aprendieron a hablar solos, fueron abanderados o perdieron los dientes de leche. En su avidez por autonarrarse, los adultos fueron mostrando y registrando, entre otras cosas, a la propia cría. Estos registros quedaron, sin demasiada conciencia al respecto, en un gran archivo virtual. Pero el asunto se complicó el día que esos hermosos y ocurrentes bebés crecieron y accedieron a esos archivos.

Si la primera señal de alarma sonó cuando se borraron los límites de la vida privada y las maneras en las que los adultos se autobiografiaban en las redes mostrando sus logros casas, autos, parejas, viajes, mascotas e hijos en cierto momento estos últimos comenzaron a reclamar su espacio. En su libro Los chicos y la pantalla (FCE), Roxana Morduchowicz destaca que esta nueva generación, nacida bajo el signo de la virtualidad, crea sus propias prácticas, como modo de diferenciarse de sus padres, pero también como manera de proteger su propia intimidad. Desde esta perspectiva pensar este espacio como de espectacularidad y transparencia plenas, tal como lo hace Byung Chul-Han o como un absoluto show del yo en referencia ineludible a La intimidad como espectáculo de Paula Sibilia, resulta por lo menos, insuficiente y generalizador. Incluso, en 2015 el hospital de la Universidad de Michigan llevó a cabo una encuesta nacional de la Salud Infantil donde analizó el fenómeno denominado sharenting (parenting+sharing) como modo de alertar sobre algunos comportamientos compulsivos por parte de los adultos. La encuesta, que fue dada a conocer en un portal de noticias de la ciudad de Dallas (http://www.hoydallas.com/), revelaba entre otras cosas que gran parte de las poses a las que los padres sometían a sus pequeños hijos para ser retratados, no las harían con ellos mismos. Mostrarse en traje baño, filmar un berrinche o captar el momento del sueño no son precisamente escenas en las que los adultos se sienten especialmente cómodos, pero entonces ¿por qué sometían a sus hijos a protagonizarlas La premisa bíblica de no hacer a los demás lo que no se quiere para sí mismo, brillaba por su ausencia.

En épocas donde las imágenes pueden retocarse hasta el cansancio, donde las aplicaciones ofrecen agrandar ojos, adelgazar caras, eliminar granitos y alisar la piel, ¿por qué permitir que otro, aunque legalmente porte la patria potestad, disponga de la propia imagen, por más que esta sea una vieja y tierna foto de sí mismo como bebé Todo sucede como si la era de la exposición reclamara nuevas categorías para nuevos sujetos. Desde esta perspectiva, bien vale revisar la premisa sobre la que históricamente se ha sostenido el concepto de potestad. En su extenso ensayo La intimidad, el filósofo español José Luis Pardo liga el espacio de lo privado a una zona de excepcionalidad. Si desde la polis griega la relación entre potestad y poder permitía que el padre de familia pudiera disponer de la vida (o de la muerte) del resto de la familia, lo que se reformula son estas relaciones de poder de unos sobre otros. De manera que siguiendo a Morduchowicz, podría pensarse que en épocas donde todo está a la vista, los jóvenes se rebelen contra este ejercicio de poder simbólico. Como si frente a la falta de límites de las viejas generaciones, las nuevas reaccionaran de manera más o menos conservadora. En ese sentido, resulta esclarecedor recordar que en E l proceso de la civilización libro donde el sociólogo Norbert Elías analiza el desarrollo de las sociedades modernas la vergüenza y desagrado surgen como maneras de protegerse de la mirada externa. Anticipando conductas ajenas a partir de un ojo avizor se evitaba (y se sigue evitando) ser rechazado por los otros. La conducta individual se volvió dependiente del posible y prejuicioso examen ajeno y por eso aprendió a adelantarse a él en todas sus conductas. Un aspecto que no puede soslayarse a la hora de pensar en este grupo adolescente que comienza a incursionar en los cambios de su propia imagen e identidad y que reclama, con justa razón, tener derecho a sus imágenes pasadas, a sus momentos privados y, por qué no, a su historia identitaria que sólo le pertenece a él y sobre la cual, sólo él podría decidir su exhibición presente o futura.

Según el último informe de Piper Jaffray, la consultora norteamericana que analiza los comportamientos juveniles, a la hora de elegir redes, la franja etaria que va desde los 13 hasta los 17 no sólo desestima la para ellos obsoleta, Facebook, sino que prefiere plataformas con contenidos más volátiles como Snapchat pero también Instagram, que atento a esto, incorporó en agosto de este año, una opción para publicar historias que se borran a las 24 horas, Twitter, Youtube o la reciente Musicaly que permite grabar y subir video musicales caseros. Y si en principio esto podría sonar como una estrategia para escapar al control adulto, a la luz de las evidencias, todo indica que funciona más como un escudo protector, o como manera consciente de resistir a los embates de la memoria virtual que guarda todo y recuerda todo. Una postura mucho menos esquizofrénica que la de sus padres que presos de un discurso contradictorio, mientras llenan los muros con advertencias, copiadas y pegadas de otros muros sobre los peligros de la vida on line, muestran sin ningún tipo de conflicto moral la foto en primerísimo primer plano del mismo niño que se quiere proteger. Esta doble vara vuelve a aparecer cuando se postean las extensas e inútiles declaraciones de privacidad como supuesta manera de proteger los datos. Una práctica que raya lo ridículo porque omite que eso que se quiere ocultar es un contenido que el mismo usuario ha compartido previamente.

Así, visto en perspectiva, el asunto sobre la sobreexposición de la vida íntima pierde su carácter de clisé para transformarse en una advertencia. Una que muestra que ante la proliferación de imágenes, cada grupo etario inventa y reinventa sus prácticas, e incluso sus estrategias de resistencia, y por qué no, sus cuestionamientos al orden imperante. Si la impronta que caracteriza a la vida on line es la de mostrarse, es posible que las nuevas generaciones, más habituadas a una cultura de la pantalla, sepan jugar un juego más coherente que sus antecesores. Pero también puede suceder que frente a la obligación de la vida actual de mostrarse productivo en todas las áreas, los adultos, educados en una lógica binaria, tengan más dificultades para pensar alternativas a la autonarración virtual y al cuestionamiento de los discursos ya establecidos. Al fin y al cabo, es probable que el sharenting no sea más que un diagnóstico temprano sobre la inadecuación temporal entre tecnologías y usos, y que ese desajuste se corregirá con el paso del tiempo. Después de todo, en pocos años, las nuevas generaciones tendrán sus propios hijos y cometan con ellos sus propios errores, virtuales, y de los otros.


Fuente: Revista Ñ



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